El problema de la ética en nuestra carrera.


Hace algunos años, cuando entré a la universidad, bullían los escándalos de corrupción y cohecho entre empresarios y políticos en Chile. Los susodichos, en más casos de los deseables, habían estudiado Ingeniería Comercial en la Universidad Católica. La tormenta de cuestionamientos a la formación ética desembocó en muchas charlas, ciclos de formación y otros eventos que tuvieron mucha promoción. Se estudió el perfil de egreso del Ingeniero Comercial UC, se habló del rol que íbamos a jugar al salir al mercado laboral. En general, la frase más repetida, como un mantra, era “ingenieros comerciales éticos”.


            Para gran parte de la población en Chile esa frase es un oxímoron, como lo sería “muertos vivientes”; no voy a reflexionar sobre las causas de esa percepción en esta columna. Sin embargo, sí tengo que hacerme cargo de lo que he aprendido en cinco años, específicamente en la malla curricular de nuestra carrera (de ramos de otras carreras no hablaré). Como anticipo, creo que hay tres problemas fundamentales sobre la formación ética en Ingeniería Comercial en la UC. A continuación, los desarrollaré brevemente, y creo que en columnas venideras discutiré sus implicancias.


            El primer problema ―a mi juicio el más crítico de los tres― es la baja profundidad de la reflexión ética en el curso de la carrera. En este punto, podría resultar fácil confundir lo que se denomina reflexión ética ―la reflexión interna sobre las reglas morales que nos rigen, su funcionamiento y adecuación― con la presencia curricular de discusión sobre casos académicos que contengan disyuntivas éticas. Esto tiene un peligro que es evidente: la ética se vuelve una posesión interna e indefinida en cada persona, imposibilitando una ética profesional uniforme. La reflexión que deberíamos haber hecho ―sobre la justificación moral de un acto― se convierte en simplemente una pregunta binaria e infantil ―”¿esto está bien o está mal?”―.  Lo que resulta es un crecimiento moral nulo a lo largo de la carrera, o mejor dicho, el acostumbramiento a pensar el mundo únicamente en términos de costo y beneficio, sin llegar a otra conclusión que el convencimiento de que las personas se mueven únicamente por incentivos, y no por convicciones. Sin duda, hay preguntas que falta responder aquí: ¿Es responsabilidad de la Universidad entregar una formación ética? ¿Podemos asignar culpa a la formación ética de la Universidad en escándalos de corrupción de exalumnos, o más bien ella debería ir a la formación en el hogar?


            El segundo problema de la formación ética en la carrera es la disociación entre dinero y ética. Ésta consiste en la separación teórica que se hace entre el manejo de los bienes ―su distribución, cantidad y calidad de producción― y la ética de dicho manejo ―una separación que es simplemente irreal ―. Creo que el ejemplo más paradigmático es la proclamada “objetividad” de la eficiencia en la discusión académica. La separación entre manejo de bienes y ética de manejo de bienes tiene como consecuencia ―casi inevitable― un atrofiamiento de la capacidad de reflexión ética en el actuar profesional. Un estudiante que es formado con la convicción de que la interpretación económica del mundo es puramente objetiva será un profesional incapaz de incorporar nuevas visiones de mundo, presentes en otras disciplinas.


            El tercer y último problema es la disociación entre formación académica y formación ética. Este problema ha surgido con mayor fuerza en los últimos meses, con la implementación de las evaluaciones online, y podría ser visto como un doble estándar. Al mismo tiempo que el discurso del profesorado es uno de valores éticos como la honestidad y la integridad profesional, su acción no remite a la confianza que posibilita estos valores. Ejemplo de esto es que se han realizado evaluaciones que no están basadas en el aprendizaje de los objetivos académicos, sino en aumentar el costo individual de la copia. La forma de estas evaluaciones hablan del modelo de estudiante  implícito en las políticas académicas: un estudiante en el cual no es posible confiar y cuyo objetivo es maximizar sus beneficios personales. ¿No habla esto con creces de la importancia del primer problema mencionado en esta columna?


            Para concluir, quiero hacer una breve aclaración, porque estas críticas, con seguridad, significarán un ataque personal para muchos profesionales y estudiantes de nuestra carrera. No lo son. Si creyera que nuestra carrera forma, en efecto, profesionales perjudiciales para la sociedad, no la estaría estudiando. Sin embargo, hay que discutir, de una vez por todas, qué ética profesional nos debe guiar en nuestro actuar una vez egresados. Para finalizar, hago hincapié en una realidad que debe servir como base para esta futura reflexión: no se puede separar el estudio del comportamiento humano y aquel sobre sus dimensiones morales.


Manuel Villaseca.

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