Hay que empezar por casa.

Actualizado: jun 7


Hace un par de días se viene presenciando cómo el mundo ha reaccionado ante la muerte del afroamericano George Floyd en manos de la policía por una cuestión puramente racista. Observamos cómo, en Estados Unidos, las personas salen a las calles a protestar y queman centrales de policía, cómo manifestantes se enfrentan con la fuerza policial, y cómo el presidente Trump tiene que esconderse bajo tierra para resguardarse de todo el caos que hay en las calles. En el plano local, somos testigos de cómo nuestra sociedad chilena también va reaccionando. En redes sociales, apreciamos cómo miles de historias y publicaciones apoyan la causa de esta lucha contra el racismo, todos alzan la voz para exigir justicia y dar a entender que. a pesar de que esta lucha ya comenzó hace varios años atrás, en el horizonte próximo, no tiene final. 


En la realidad nacional también convivimos, día a día, con situaciones de racismo y discriminación, pero, para contextualizar, es necesario presentar algunos datos sobre nuestra sociedad y entender la situación en la que nos encontramos.


En Chile, según los datos reportados por la encuesta CASEN 2015, en el año 2006, las personas inmigrantes ascendían a 154.643, lo que representaba aproximadamente el 1% de la población del país. Para el año siguiente, la cifra había aumentado a un total de 465.319, la cual representaba un 2,7% de la población total del país. Estas cifras revelan un significativo aumento de la población inmigrante en el país. Por otra parte, también es relevante destacar y señalar cifras sobre pueblos originarios reconocidos en Chile, que, al igual que los inmigrantes, son víctimas de la discriminación. En esa línea, según la misma encuesta CASEN 2015, se estimó que 1.585.680 personas pertenecían a algún grupo originario, lo que representaba al 9% de la población nacional, identificándose la mayoría como mapuches (1.329.450 personas). Estas cifras nos tienen que invitar a reflexionar bajo qué situación nos encontramos. Haciendo unos simples cálculos nos damos cuenta de que más del 10% de nuestra población pertenece a un pueblo originario o es inmigrante. Es relevante comprender que estas cifras van en crecimiento, y que para este año los números son muchos mayores a los presentados en el año 2015.


Pero aquellas cifras no son motivo de preocupación, por el contrario, son de orgullo y alegría, pues Chile poco a poco se convierte en un país multicultural, más diverso, en un país distinto. Lamentablemente, no todo es color de rosa. El problema surge porque en Chile nos creemos superiores, que podemos hacer las cosas mejor, que ser chileno te hace distinto a tus vecinos, que por ser chileno tienes más derechos, mejores trabajos, mejores salarios, e incluso, que en esta pandemia tenemos más derecho a la comida. En específico, este tipo de situaciones queda de manifiesto en el testimonio de inmigrantes, que, al asistir a “ollas comunes”, se sienten observados, e incluso algunos deben soportar frases como "¿a qué vienen ellos, a quitarnos comida?". ¿No son acaso también estas situaciones y frases signos de racismo y discriminación? Muchas de las personas que están leyendo esta columna dirán que ellos se salvan, que son personas sin prejuicios, que no discriminan y que, menos aún, son racistas, pero que, en la realidad, cuando se ven enfrentados a situaciones de discriminación y racismo en su día a día, se quedan callados, no hacen nada, son cómplices pasivos de este problema que enferma a la sociedad. Como decía una imagen que vi hace unos días; “Ser neutral ante una situación racista te hacer ser racista”.


En fin, lo que pretendo con todo esto es invitarlos a reflexionar, pero a reflexionar con honestidad y humildad, a pensar sobre las situaciones que vive cada uno en su vida diaria. Reflexionar, como dije con anterioridad, con honestidad, pero honestidad con uno mismo, sin mentirnos a nosotros mismos. Mirar hacia atrás y darnos cuenta en qué momento de nuestra vida hemos discriminado a alguien, si hemos tenido conductas racistas, con o sin intención. Lo importante es reconocerlo y aceptarlo. Ahora el problema no está en el pasado, sino que en el presente y en el futuro. Seamos conscientes del mundo que nos rodea y cambiemos nuestras actitudes. Debemos comprender que un color de piel, una nacionalidad distinta u otras costumbres no te hacen distinto, no te hacen menos persona, menos humano, y, mucho menos, te hacen perder tus derechos. La diversidad es parte de la naturaleza, y por ello todos somos iguales bajo los ojos de ella. Por lo tanto, cada vez que podamos, preguntémonos si nuestra actitud es la correcta, si la respuesta es la correcta, y, si no, entonces paremos, recapacitemos y hagamos lo correcto. Esto hay que hacerlo cada vez que podamos, en la universidad, en la facultad, en la casa, en la calle, en el trabajo, con los amigos, sin los amigos. Siempre. Porque este problema no se resuelve únicamente haciendo pagar a la persona que asesinó a George Floyd o compartiendo publicaciones en redes sociales, sino que, la mejor manera de acabar con este parásito que vive dentro de nosotros es cambiando nuestras propias actitudes y también ayudando a que los demás lo hagan, pero siempre recordando que hay que partir por casa. 


Joaquín Cerda.

Segundo Año Ingeniería Comercial UC.


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