No queremos más asados familiares, pero no por ello vamos a prohibir la carne.


Se acerca la segunda semana de pruebas, y aunque la universidad nos ha dado un respiro, las evaluaciones son una batalla inminente, y, tal como en las guerras, todo se vale, ¿cierto? La actitud de “el fin justifica los medios” es precisamente la que tiene preocupada a la comunidad docente, y con justa razón. Sin embargo, sin el diagnóstico correcto, el remedio puede ser peor que la enfermedad.

Es lunes en la mañana y usted está a punto de realizar una evaluación. Es una prueba importante, y por ello es que los profesores pidieron que use una webcam, y que se ponga en un ángulo en el que se pueda ver con claridad sus manos. Resulta que usted no tenía cámara en un principio, pero afortunadamente se pudo conseguir una, ya que fue a trabajar al McDonald’s, como se lo recomendaron, y así se dispuso a conectarla para cumplir con los requisitos solicitados. Avanzando en la evaluación, se da cuenta que ésta no se parece tanto a las ayudantías que hizo previamente, la dificultad es mayor y lo sabe, pero intenta mantener la calma.

Finalmente termina todas las preguntas, pero, antes de entregar, se da cuenta que en dos de ellas se equivocó. Sin embargo, el problema no es ese, sino que en realidad no se puede volver atrás en las preguntas, de modo que no es posible enmendar sus errores. Al consultar con los profesores, éstos le dicen que tenía que fijarse bien, porque no hay otra opción. En ese momento usted entra en “pánico”, tenía todo para que le fuera bien pero ahora sabe que no será así.

Nervioso, intenta arreglar como pueda su desarrollo, confiando en la benevolencia del ayudante. Lo hace de forma errática porque queda ¡1 minuto!... Se acabó el tiempo, pero aún no sube el archivo, hay que escanearlo y luego convertirlo a PDF. El buzón se cerró, así que manda su desarrollo al correo que le dieron, pero claro, habrá un descuento en su nota, y mejor ni ver los promedios… Aunque pueda parecer un ejemplo extremo, no es una situación que se aleje demasiado de la realidad.


Muchos alumnos hemos pasado por una experiencia similar, y otros, quizá “invisibles” para el resto, han pasado por situaciones mucho peores, pues hay que recordar que no todos gozan de un escritorio y un ambiente tranquilo de estudio. Desde perros ladrando, música de los vecinos y el sonido de los autos, se puede hasta llegar a la violencia intrafamiliar, una situación que a nadie le gustaría vivir. Las medidas descritas en el ejemplo no son de mi creación, sino que corresponden ciertamente a los lineamientos que algunas facultades han tomado. Pero quiero dejar claro que los profesores no son nuestros enemigos; más bien, al igual que nosotros, son víctimas de lo que está pasando. Muchos han tenido que reinventar por completo la forma de dar sus cátedras; capacitarse con la tecnología (en algunos casos desde cero) y soportar las “bromas” que algunas personas con escaso sentido común han hecho.

Pero ¿Se ha logrado disminuir la copia? No. En algunos ramos, incluso, los niveles de trampa en las evaluaciones se han disparado. Por otra parte, algunas de estas medidas sí que han afectado fuertemente la salud mental de varios alumnos, llegando a causar más estrés del que ya hay, vulnerando la privacidad de muchos e impidiendo, en algunos casos, la realización normal de las evaluaciones.

Existen soluciones más “suaves”, basta con ilustrar un ejemplo real. En mi caso, una idea bastante simple, pero efectiva, fue aplicada en un ramo: en un ejercicio numérico, el dato necesario para su resolución era el RUT de cada alumno. Esta medida hizo básicamente que el riesgo de copia desapareciera y no implicó una dificultad mayor para los estudiantes que respondimos la pregunta. Evidentemente no se puede aplicar esta misma fórmula en todos los ramos, pero sirve para demostrar que las soluciones potentes no necesariamente son tan complejas; la idea es que todos salgamos ganando, los profesores, los alumnos y, no menos importante, los ayudantes, que tienen una doble tarea. Así, con medidas inteligentes y “no invasivas”, podemos reducir sustancialmente el riesgo de copia, aunque sabemos que ninguna política es perfecta, por lo que es necesario fiscalizar.

Y nosotros… ¿Qué hemos aprendido? Para los economistas, las decisiones revelan nuestras preferencias. Para mí, también hablan del tipo de persona que uno es. Día a día tomamos miles de decisiones, algunas pequeñas y otras de gran envergadura. Sin importar la magnitud de cada una, cada opción que elegimos y aquella que dejamos de hacer indican muchas veces cuáles son nuestras pautas morales. Aunque no te convertirás inevitablemente en estafador por hacer trampa en un trabajo, hoy puede ser copiar una pregunta y

el día de mañana puede ser una pequeña fuga en los libros de contabilidad…

Somos una generación que pide cambios. No nos gusta el status quo, y creemos que hay muchas cosas que deben dejar de ser. Pero para ello tenemos que ser coherentes entre lo que pensamos, decimos y hacemos. Hoy le pedimos a los profesores una mayor flexibilidad en el control, pero al mismo tiempo vemos cómo ciertas personas se lucen en redes sociales mostrando como su familia resuelve sus pruebas. Debemos ser solidarios con toda la comunidad, con los docentes que se enfrentan a un mayor desafío y con nuestros propios compañeros, porque, aunque no sea obvio, cuando se copia se perjudica al resto, puesto que las escalas muchas veces no bajan y, como es de esperar, los profesores y ayudantes se muestran cada vez menos benevolentes con el curso.

En los tiempos que vivimos, es importante salirse por un momento de uno mismo y ver que, al igual que las injusticias y desigualdades que denuncio, mis acciones también tienen un impacto en el resto. Solamente de mí depende si ese impacto es positivo o negativo.

Víctor Hugo Urbina Rosas Segundo Año Ingeniería Comercial

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